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Capitalismo globalizado, imperialismo y militarismo - Rolando Astarita

A raíz de la nota sobre Corea del Norte, defensores de los regímenes stalinistas enviaron varias críticas a mis posturas en “Comentarios”. Entre ellas, hubo una que se repitió con cierta insistencia, que sostiene: a) usted plantea que la dominación colonial (también semicolonial o neocolonial) ha dejado de ser el método privilegiado de apropiarse del excedente; b) además, usted agrega que la explotación no ocurre entre países, sino entre clases, específicamente, entre el capital y el trabajo; c) por lo tanto usted no puede explicar por qué EEUU (y otras potencias) mantienen tantas bases militares desplegadas alrededor del mundo, o por qué sigue habiendo intervenciones armadas contra países. De manera que, según esta crítica, si la contradicción hoy se da entre el capital globalizado y el trabajo, el mundo es algo así como un paraíso del pacifismo burgués.

El problema aquí es que se piensa que, en última instancia, la explotación del trabajo no encierra violencia. Por supuesto, Marx explicó que la explotación capitalista ocurre por medios económicos. Esto es, dado que los trabajadores no poseen los medios de producción, están obligados a intentar vender su fuerza de trabajo en el mercado. Es desde este punto de vista que la extracción del excedente, bajo el capitalismo, no opera con medios político-militares, como ocurre en otros modos de producción, donde el trabajador es obligado, por medio de la coerción extra económica, a entregar el excedente (sea bajo la forma de trabajo forzado, de tributos, etc.). En el capitalismo los trabajadores son “libres” de ser explotados por el capital o… morirse de hambre. La coacción está dada aquí por las relaciones sociales de producción, asentadas en la propiedad privada del capital. ¿Significa esto que la violencia ha desaparecido? En absoluto. El Estado es la institución que, respaldada en armas y aparatos represivos (aunque no solo en ellos), se constituye en el garante último de la propiedad de la clase capitalista.

Es con este marco teórico que en “Valor, mercado mundial y globalización” defendí la vigencia de la noción de imperialismo. Transcribo entonces lo central sobre el tema:
“A lo largo de este libro hemos intentado mostrar cómo la extracción de excedente se da hoy, en lo esencial, no por coerción extraeconómica, sino a través del mercado y por la generación de plusvalía. Por lo tanto, hemos planteado que el antagonismo fundamental que anida en la economía mundial es entre el capital y el trabajo. De aquí se desprende que, si con el término “imperialismo” se entiende una forma internacional de extracción del excedente basada en la coerción extraeconómica, colonial o semicolonial; o la explotación de unos países por otros, el mismo no sería aplicable a la realidad actual. De la misma manera, el término tampoco sería adecuado si se busca denotar un sistema mundial en el que fuesen inevitables las guerras entre las potencias por nuevos repartos colonialistas del mundo. ¿Significa esto que la noción de imperialismo ha perdido sentido, como afirman muchos “globalistas”?
Pensamos que no, que el término conserva vigencia en la medida en que mantiene una carga crítica de la mundialización capitalista y del despliegue militar que conlleva, y si se lo adecua a la realidad del capitalismo mundializado. Es que lejos del mundo de la paz y tranquilidad que algunos auguraron a la caída del Muro de Berlín, la última década y media (aclaración: “Valor…” fue escrito en 2005) ha sido testigo de intervenciones militares, operaciones desestabilizadoras y bloqueos económicos contra regímenes que resisten “el orden mundial del capital”, y de muchos conflictos y tensiones por zonas de influencia. Cabe preguntarse entonces cuál es la razón de ser de esta violencia sistemática, si no están en juego, como sucedía a principios de siglo, el pillaje directo, la imposición de la empresa colonial y las guerras por arrebatar colonias a las potencias rivales.

La respuesta que podemos dar a este interrogante es que hoy se trata de garantizar las condiciones jurídicas, políticas y sociales para que la mundialización del capital, o sea, la subsunción bajo su mando de los recursos y las fuerzas productivas planetarias, se lleve hasta las últimas consecuencias. Esto es, si la ley del valor permite la obtención sistemática de plusvalías extraordinarias, entonces está en el interés del capital “en general”, y en particular de sus fracciones más internacionalizadas y poderosas, que la competencia opere de la forma más abierta y segura. La burguesía, dueña de estos capitales altamente concentrados, necesita que el planeta se conforme como un campo de maniobra en el que se despliegue a plenitud la dialéctica de los capitales en proceso de valorización. Para esto, reclama seguridad jurídica, desmantelar toda traba al movimiento transfronteras de los capitales y el desplazamiento de todo gobierno que se interponga en esos objetivos. El capital más internacionalizado y concentrado necesita, mediante la violencia y el despliegue del aparato técnico militar más sofisticado que haya conocido la historia, garantizar las condiciones para la explotación e imponerse en la guerra de la competencia. Estados Unidos y las potencias que lo acompañaron no invadieron Grenada, Panamá o Afganistán por las riquezas que directamente pudieran existir en estos lugares, sino porque sus gobiernos o regímenes no ofrecían garantías al despliegue mundial del capital altamente concentrado. Tampoco serían las riquezas de Corea del Norte las que están en la base del hostigamiento sistemático de este país, sino su postura “fuera de órbita” frente a la globalización y el mercado mundial. El objetivo central en Irak es garantizar los derechos plenos del capital en una zona vital, dadas las reservas energéticas; socavar a largo plazo a la OPEP; y establecer regímenes que garanticen esa libertad frente a las resistencias nacionalistas. En todos los campos las empresas más poderosas luchan por imponer la fuerza de su tecnología y su capacidad financiera y comercial”.

Este programa ha sido expresado en múltiples ocasiones: en las reuniones anuales de Davos, en las conferencias y encuentros del FMI, del Banco Mundial, de la OMC, de la OCDE; en las reuniones y documentos de instituciones más discretas, como la Transatlantic Business Dialogue o la Business Investment Network, que agrupan a grandes corporaciones de Estados Unidos y Europa. A pesar de las diversas formulaciones, la exigencia siempre es la misma: desmantelar las reglamentaciones (ambientales, de sanidad, seguridad) y los elementos que puedan obstaculizar este despliegue. Los mercados deben funcionar a pleno para que las leyes de la concurrencia actúen también a pleno. La ideología que se enseña en las principales facultades de Economía del mundo -libre competencia, mercados walrasianos, teoría neoclásica- es funcional a este programa.

Varios ítems están en liza en esta tendencia hacia la plena libertad de acción del capital. Mencionemos la reafirmación de los acuerdos sobre la propiedad intelectual; las presiones por liberalizar los intercambios agrícolas; el Acuerdo General sobre comercio en servicios; los acuerdos bilaterales de inversiones; los acuerdos también bilaterales de tratamiento impositivo. (…). Bajo la presión de los capitales globalizados se afirma la existencia de un “derecho de intervención” y el giro ideológico y político hacia la “soberanía limitada”… de los Estados más débiles.

Es con este objetivo que el gobierno de Estados Unidos y sus aliados no vacilan en asesinar a cientos de miles de personas y en provocar las más terribles devastaciones y sufrimientos a muchos otros millones de seres humanos. Si en los orígenes del capitalismo fue necesario bombardear Cantón con cañoneras británicas y ocupar Hong Kong para obligar a China a abrirse al comercio externo, hoy también se está dispuesto a intervenir militarmente o presionar de la manera que sea, con el fin de que todos acaten el orden mundial regido por la ley de la valorización del capital. Fue la política aplicada frente a los sandinistas en Nicaragua o Kadhafi en Libia. Es la táctica del “garrote y la zanahoria” que también se intenta con Cuba, Corea del Norte y otros países. Esto explica por qué la intensidad de la acción imperialista y el despliegue militar no han cedido con la globalización. Sólo en las dos últimas décadas Estados Unidos intervino militarmente en Grenada, Libia, Panamá, Irak, Somalia, Haití, Afganistán, Sudán y Yugoslavia. Aun cuando en los años que siguieron a la primera Guerra del Golfo redujo sus gastos militares, estos nunca bajaron de los 250.000 millones de dólares. Y en 2004 rozaban los 500.000 millones. Es el gasto más grande en su historia. Washington ha puesto en marcha, además, un plan para desarrollar la producción de bombas atómicas de baja intensidad. Esto implica el propósito de utilizarlas efectivamente en guerras, a diferencia de lo que sucedió durante la Guerra Fría, cuando la construcción del arsenal atómico tenía un carácter disuasivo. A la vista de estos desarrollos, parece imposible coincidir con la idea de que “en la base del desarrollo y la expansión del imperio hay una idea de paz”, y que su “naturaleza” sea la paz (Hardt y Negri, Imperio, p. 152).

Es desde esta perspectiva entonces que puede comprenderse y debe mantenerse, en nuestra opinión, la noción de imperialismo. Podemos definir al imperialismo como la política -y el aparato militar e institucional que la acompaña- destinada a garantizar “los derechos universales del capital”. Las instituciones internacionales (FMI, BM, BIS, OMC, OCDE, Consejo de Seguridad de la ONU), las alianzas militares -en primer lugar la OTAN- y los Estados más poderosos, conforman esta estructura que se corresponde con el capital globalizado. A ella se pliegan las burguesías de los países subdesarrollados que logran insertarse, con mayor o menor éxito, en la globalización. Este “primer corte” en la noción del imperialismo debe articularse con la determinación nacional y geopolítica. Esto significa que en este despliegue cada capital, y su Estado de referencia, buscan posicionarse de la mejor manera frente a la competencia. De ahí que, si bien comparten intereses estratégicos, cada capital intente obtener las mejores condiciones -políticas, diplomáticas- para avanzar en la explotación del trabajo. Pero en este marco se despliegan tensiones geopolíticas y choques de intereses de las potencias entre sí, y de éstas frente a los gobiernos y Estados más débiles, a favor de “sus” capitales. Los dos aspectos de la globalización, internacional y nacional, se expresan entonces en la dinámica del imperialismo hoy.

El imperialismo se puede concebir así como un producto genuino de las tendencias profundas del capitalismo mundializado: tendencia a la centralización y concentración de los capitales; a la subsunción real y creciente de la mano de obra bajo su mando; a la mercantilización de todos los valores de uso y su producción bajo condiciones capitalistas; a la competencia mediante el cambio permanente de las fuerzas productivas, que provoca crisis de acumulación por caída de la tasa de ganancia. Esto exige que los Estados más poderosos actúen como “policías del mundo” en defensa de los derechos a la explotación del trabajo. Esto es tanto más necesario en la medida en que la polarización entre las clases, el disciplinamiento por medio del mercado, la competencia y las diferencias de ingresos se exacerban y provocan un aumento de las tensiones sociales a nivel mundial. Se trata entonces de un mundo en que la polarización entre el capital y el trabajo se profundiza, en que las leyes de la acumulación -y de las crisis- operan de manera más abierta y que, por lo tanto demanda una respuesta de las fuerzas del trabajo sustentada en la solidaridad internacional” (pp. 357-61).