Cuestiones sobre análisis políticos de la izquierda sindical - Rolando Astarita

Published on junio 12th, 2012

Cuando discutimos acerca de la situación política y la táctica en el movimiento sindical, aparecen diferencias sistemáticas en los análisis, entre quienes defendemos una línea de “lucha sindical, resistencia y acumulación de fuerzas” (en adelante, LSRAF) y quienes plantean una estrategia de “ofensiva permanente y huelga general revolucionaria” (OPHGR). Hablamos de diferencias sistemáticas porque derivan de conjuntos orgánicos e integrados de pensamiento; o sea, son métodos globales y distintos de abordar la realidad. Para clarificar esta cuestión, en este escrito presentamos algunos de los problemas que subyacen a esas diferencias, y los acompañamos con ejemplos tomados de la experiencia de la lucha de clases.

Análisis de la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo

Una de las principales diferencias entre la OPHGR y la LSRAF tiene que ver con “el marco fundamental” en el cual cada una de las orientaciones ubica sus análisis; y con la manera en que llegan a definirlo.

Ese marco fundamental, o punto de partida, se refiere a cuál es la relación de fuerzas entre las dos clases sociales centrales de la sociedad capitalista, la clase capitalista y la clase trabajadora. Y también a la posición de los sectores medios, la pequeña burguesía.

En este respecto la diferencia entre la OPHGR y la LSRAF no puede ser mayor: los defensores de la OPHGR sostienen que la clase obrera hoy está a la ofensiva, y que la situación es revolucionaria, o al menos pre-revolucionaria. Quienes defendemos la orientación LSRAF, en cambio, planteamos que la clase obrera está globalmente en una fase de resistencia, y que la situación política claramente no es revolucionaria.

La diferencia en este punto no es de matices; se trata de caracterizaciones esenciales. Se plantea entonces cómo es posible que se mantengan puntos de vista tan distintos sobre una misma realidad social.

La respuesta tiene que ver con diferencias en los métodos de análisis. Quienes sostenemos que la situación no es revolucionaria planteamos que la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo se manifiesta a nivel de las relaciones de producción, esto es, en los lugares de trabajo, en vinculación con ellos; o en relación al Estado, como sistema. Y tiene expresiones que son objetivas y pueden comprobarse. Por ejemplo, se expresa en el número de conflictos y la cantidad de trabajadores involucrados en ellos; en la organización sindical; en la proporción de trabajadores agrupados en organizaciones gremiales o políticas democráticas e independientes de las patronales y las burocracias; e índices similares. Sostenemos que en esta cuestión no hay que confundir nuestros deseos con la realidad. Por ejemplo si sólo está en lucha el 0,01% de la clase trabajadora, éste es un dato objetivo, que no puede ser disimulado hablando del “espíritu de lucha” del 99,99% restante, o cosas por el estilo. Si queremos analizar el grado de solidaridad que despierta la lucha de una vanguardia, también habrá que buscar datos objetivos en los que se refleje esa solidaridad.

De la misma manera, es importante ubicar las cuestiones en su perspectiva histórica. Por ejemplo, los datos sobre la evolución del número de huelgas y conflictos, o de afiliados a las organizaciones sindicales de las últimas décadas, en Europa y Estados Unidos, nos brindan una idea de cuál es la tendencia; algo similar ocurre con los datos en Argentina, y otros países de América Latina. A su vez, la relación con respecto al Estado se manifiesta esencialmente en la actitud política y programática que toman los trabajadores de conjunto frente al Estado de conjunto (no frente al un gobierno de turno; dad la importancia del punto, lo tratamos luego con más detalle).

Lo importante, en nuestra opinión, es entonces establecer, de la forma más científica posible, en qué situación se encuentra la clase trabajadora con respecto al capital. Esta evaluación, por otra parte, nos proporciona la brújula para no desorientarnos frente a los conflictos, tensiones y crisis que puedan suceder en “la superficie” del sistema de dominación burguesa. Por eso se trata de una referencia permanente, o marco fundamental, dentro del cual ubicamos el resto de los fenómenos políticos.

Los defensores de la OPHGR, en cambio, plantean la cuestión desde un punto de vista muy distinto.

En primer lugar, porque si bien hacen referencia a la relación entre la clase dominante y los trabajadores, no presentan análisis basados en datos. Por ejemplo, es habitual que hablen de las luchas “gigantescas” de los trabajadores, de sus movilizaciones “masivas”, etcétera, sin dar cantidades ni precisar qué peso y qué significado tienen esas “movilizaciones en relación a la historia, al conjunto de la clase obrera y también en relación a la situación de conjunto de la burguesía. Suplen esa ausencia de datos, y de su ponderación, con frases altisonantes y adjetivos. Por eso es común que a falta de luchas reales, efectivas, hagan permanente alusión a la “disposición para salir a la lucha” que anidaría en las masas trabajadoras. Y los conflictos, pocos o muchos, siempre son “la punta del iceberg” por donde asoma ese impulso a la lucha generalizada. Damos un ejemplo típico: hasta hace poco tiempo algunos defensores de la OPHGR explicaban que las experiencias de las fábricas recuperadas constituían la expresión de un impulso general de la clase trabajadora hacia la imposición del control obrero y la expropiación del capital. Pero al plantear las cosas en estos términos estos militantes no tenían en cuenta, en primer lugar, la naturaleza de las experiencias de fábricas recuperadas (por ejemplo, que afectaba a empresas abandonadas por sus dueños). En segundo lugar, desconocían su peso relativo (el fenómeno afectaba a una ínfima minoría de la clase obrera). Y en tercer término, no ponían atención en qué solidaridad efectiva y qué repercusión tenía la consigna del control obrero en el resto de la clase trabajadora (por ejemplo, ¿cuántos gremios, asambleas obreras, etcétera, se pronunciaban por establecer el control obrero?). A eso nos referimos entonces con la necesidad de realizar análisis objetivos.

Pero en segundo lugar, los defensores de la OPHGR diluyen la centralidad del conflicto entre el capital y el trabajo en la generalidad de los conflictos “gobierno versus pueblo”; “Estado versus masas populares”, y similares. Por ejemplo, un reclamo de los vecinos de algún barrio por semáforos entra “en la bolsa” de la conflictividad social en general. Esto contribuye a que se pierda de vista la centralidad del conflicto entre el capital y el trabajo. En lugar de la clase obrera explotada por el capital, los sujetos del análisis pasan a ser “los de abajo”, o la “sociedad civil”, etcétera.

Como resultado la relación de fuerzas global entre las clases fundamentales –clase capitalista y clase obrera– queda mal definida, casi en la nebulosa. Por esta razón es frecuente que los defensores de la OPHGR sinteticen su análisis de la situación política con una frase que reza “los de abajo ya no quieren vivir como antes”. Que es otra manera de decir, “están prontos a estallar en un levantamiento”; lo cual se toma como sinónimo de “estamos a la ofensiva”.

Aclaraciones complementarias al punto anterior

Lo anterior está en el centro de la mayoría de los problemas que se discuten actualmente en el seno de la izquierda sindical. Dada su importancia, aclaramos algunas cuestiones que pueden dar lugar a confusión.

En primer lugar, hemos planteado que la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo se manifiesta principalmente en los lugares de trabajo, o en vinculación con ellos. En los lugares de trabajo porque constituyen la base de la sociedad, y es allí donde principalmente se puede desarrollar la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo. Incluso elementos cotidianos son indicativos de esa relación. Por ejemplo, qué capacidad tiene el capital de imponer ritmos de producción al trabajo; hasta qué punto se frena la prepotencia de los capataces; en qué medida los trabajadores hacen valer sus derechos elementales (incluso el derecho de ir al baño, tomarse un respiro, no ser despedidos), etcétera.

Por otra parte, cuando decimos que la relación de fuerzas también se manifiesta “en vinculación” con los lugares de trabajo, queremos significar la importancia de que la clase trabajadora se manifieste como clase en la sociedad, y ante diversos acontecimientos. Por caso, no es lo mismo que muchos obreros participen como ciudadanos en una marcha del 24 de marzo (aniversario del golpe militar de 1976), a que lo hagan “como clase”, organizados con sus compañeros de empresa, de gremio, etcétera. Esta cuestión es relevante para los análisis, porque muchas veces los defensores de la OPHGR piensan que si hay muchos trabajadores participando como ciudadanos en algún conflicto social, ello significa que la clase obrera está a la ofensiva. Para explicarlo con otro ejemplo: del hecho que muchos trabajadores participen de una marcha en su barrio pidiendo un semáforo, no se desprende que esos mismos trabajadores puedan imponer una cierta relación de fuerzas al capital (o al Ministerio de Trabajo, o a la burocracia sindical) en sus lugares de trabajo.

Presentemos todavía otro ejemplo, las asambleas populares de 2002. En algunas de ellas participó cierto número de trabajadores. Además del aspecto cuantitativo (¿cuántos participaban?) lo importante era que esos trabajadores no concurrían a las asambleas, en su inmensa mayoría, en cuanto representantes de sus compañeros de trabajo. No lo hacían tampoco como resultado de un avance del trabajo sobre el capital en los centros de la producción (a pesar de que los defensores de la OPHGR hablaban de “situación revolucionaria”). No había asambleas populares conformadas por delegaciones de fábricas, que expresaran la organización como clase de los trabajadores. Por eso los trabajadores que participaban en las asambleas, en sus lugares de trabajo continuaban con la rutina que existía antes de la caída de De la Rúa.

Por último, estas diferencias tienen que ver, en última instancia, con diferentes posturas teóricas. Quienes defendemos la LSRAF sostenemos que el conflicto central es entre el capital y el trabajo, que es la relación de explotación clave. De aquí que el único conflicto político revolucionario se plantee en términos de la clase obrera contra el Estado capitalista (ampliamos luego, en el punto “Enfrentamiento contra ‘fusibles’ y contra el Estado”). Nuestro análisis se ordena a partir de este hecho esencial.

El punto de vista de la OPHGR, en cambio, es que el conflicto entre el capital y el trabajo se combina y complementa con una multiplicidad de conflictos (“Gobierno-pueblo”; “monopolios-pueblo”; “capital financiero-patria”; etcétera) que, a la postre, resultan tanto o más importantes que el conflicto entre el capital y el trabajo. En el fondo se debe a que no consideran que la explotación del trabajo por el capital sea la cuestión central de la sociedad moderna. Esto porque existirían muchas otras “explotaciones”, por lo menos al mismo nivel: la explotación de la “patria” por el imperialismo; del “pueblo” por los monopolios; del “sector productivo” por los “banqueros y financieros”, y similares. A partir de aquí el antagonismo entre el capital y el trabajo queda diluido en ese mar de muchos conflictos. Invariablemente el pueblo, en general, pasa a ser el referente. Por eso también cualquier tipo de conflicto social viene a alimentar la idea de la “ofensiva permanente”. Esto se complementa con la idea de que el conflicto entre el gobierno (o cualquier “fusible” del Estado) y el pueblo es en sí mismo revolucionario.

Esta cuestión teórica tiene consecuencias a la hora de evaluar las condiciones para desatar conflictos sindicales. Por ejemplo, puede haber “alboroto” en la sociedad “en general” –porque se estén desarrollando varios conflictos sociales; por ejemplo, por la seguridad o contra la corrupción del gobierno– y sin embargo en los lugares de trabajo la situación puede ser de chatura, o represiva para los trabajadores. Esto es, la ofensiva del capital sobre el trabajo puede no verse afectada por ese estado de conflictividad social general. Como tampoco la estabilidad del andamiaje jurídico y represivo del Estado y su defensa de la propiedad privada del capital.

Crisis “en las alturas” permanente

La mal definida “ofensiva de los de abajo” se combina y potencia con otra idea cara a los partidarios de la OPHGR: que existe una crisis permanente y crónica “en las alturas”, en la clase dominante. En otros términos, que los “los de arriba” ya no pueden dominar. En consecuencia, en la visión de la OPHGR los análisis de las tensiones, conflictos y crisis de la superficie del mundo político, pasan a ocupar el lugar central. Por ejemplo, si tal ministro está enemistado con tal otro ministro; si el gobierno se desgasta; si tal aparato de la Justicia se enfrentó al poder Ejecutivo o Legislativo; etcétera.  Todo sirve para “demostrar” que la clase dominante está, permanentemente, inmersa en la crisis; que sus instituciones “se descomponen”, y no pueden asentar su dominio.

Subrayamos que esto es posible porque previamente, y como hemos demostrado en el punto anterior, no se han establecido correctamente las coordenadas esenciales –la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo– de la situación política. Al perder la brújula, las crisis políticas pasan a ocupar un rol por fuera de toda proporción. La renuncia de un ministro o de un gobierno se asimila, en este pensamiento, a la crisis del sistema de dominación burguesa. La idea es que a medida que se desgastan ministros y gobiernos, la crisis del Estado y del sistema es cada vez más profunda, y más difícil de superar. Lo cual impulsa la “ofensiva de los de abajo”.

Por el contrario, quienes defendemos la estrategia de la LSRAF evaluamos el grado de solidez de la dominación burguesa a partir de la correlación fundamental de las fuerzas sociales. Esto significa que las crisis políticas, las tensiones y contradicciones en el seno de la clase dominante tienen una naturaleza completamente distinta si ocurren en medio de una situación de balance entre el capital y el trabajo, a que si se producen al calor de una ofensiva revolucionaria; o en un período de intenso retroceso de la lucha de clases. Por ejemplo, han llegado a ocurrir enfrentamientos armados entre fracciones de la clase dominante, sin que eso afectara la solidez del régimen de dominación. Así, a comienzos de los años 1960 en Argentina dos fracciones del ejército se enfrentaron abiertamente, sin que hubiera la más mínima intervención de la clase trabajadora en la crisis.

Los que defendemos la línea de la LSRAF pensamos que es un serio error confundir una crisis política con imposibilidad de dominio de la burguesía; o con un quiebre en su sistema de dominio. Para que se entienda nuestra tesis, volvamos al levantamiento contra De la Rúa. Los partidarios de la OPHGR consideraron entonces que se había producido una “crisis revolucionaria”; que había ocurrido un “levantamiento de las masas”; y que la clase obrera “se había puesto en marcha con una movilización histórica”. A esto sumaban la idea de que el sistema de dominación burguesa estaba “quebrado”, que el régimen se descomponía; en fin, que “los de arriba” ya no podían seguir gobernando. Por eso concluyeron que se abría una etapa de organización del doble poder revolucionario, e impulsaron en las asambleas populares programas y estrategias revolucionarias acordes a esa caracterización.

A diferencia de estos planteos, dijimos entonces que la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo no se había modificado; que la clase obrera no había pasado a la ofensiva; que esto permitiría al capital salir de la crisis económica a costa de mayor explotación de los trabajadores; que la etapa seguía siendo, en lo esencial, defensiva para la clase trabajadora; y que las asambleas barriales, que habían surgido en Capital Federal, principalmente, debían tener un carácter reivindicativo elemental.

Para realizar ese análisis, las preguntas que procuramos responder fueron: ¿en qué medida la clase trabajadora, como clase, se movilizó por echar a De la Rúa? ¿En qué lugares se organizó de manera independiente, al calor de este proceso, y echó a la burocracia? ¿En cuántos gremios o fábricas se lanzaron huelgas o movimientos reivindicativos después de la caída de De la Rúa, para recuperar derechos, salarios y condiciones laborales? ¿En cuántos gremios o empresas los trabajadores votaron programas o planes de lucha revolucionarios?

Bastaba formular estas preguntas con un mínimo de seriedad para bajar “en picada” los análisis enfebrecidos que circulaban por entonces en la izquierda “ultra-revolucionaria”. Desde la perspectiva que brindaba un análisis objetivo de la correlación de fuerzas fundamental podía entenderse entonces cómo la burguesía arreglaba la transición al nuevo gobierno; y por qué en ningún momento estuvo en cuestión su dominio. También podía preverse que en tanto se insistiera en transformar a las asambleas barriales en “organismos de doble poder”, con programas y tareas “súper revolucionarias”, ese proceso iba a abortar. Las condiciones “daban” para que fueran organismos reivindicativos, y espacios de discusión democrática y concientización. Pero era un error querer llevar de las narices a los vecinos a hacer una revolución, para la cual no estaban dispuestos.

Si ese abordaje fue esencial para no “perderse” en 2001, también es clave para no seguir perdidos en 2008. Por encima del “ruido” de la política cotidiana –el cotilleo de los analistas de los grandes medios– hay que evaluar objetivamente las grandes líneas de fuerza.

Considerar los intereses estratégicos en la clase dominante

Así como es necesario evaluar objetivamente las relaciones de fuerza entre las grandes clases sociales, también es imprescindible analizar los intereses estratégicos en la clase dominante; y qué lugar juegan, en ese marco, las fricciones y disputas.

Por ejemplo, a pesar de las críticas por cuestiones como corrupción; de las discusiones por la distribución de las cargas impositivas; o por la llamada inseguridad jurídica, las grandes corrientes burguesas hoy en Argentina coinciden en lo esencial en lo que atañe al curso económico-social. Es significativo que las propuestas de las tres fuerzas más votadas en las últimas elecciones –reunieron más del 80% de los votos– apenas se distinguieron en lo económico. Este tipo de análisis permite establecer los límites de los enfrentamientos cotidianos, y comprender que las “crisis de las alturas” no son tan “terminales” o “extremas” como pretenden siempre los defensores de la OPHGR.

Presentamos otro ejemplo. Desde el fin de la Segunda Guerra mundial hasta 2008 en Italia hubo nada menos que 59 gobiernos. Impresionados por esta situación, en las décadas de 1970 y 1980 varios grupos de izquierda hablaban de una “situación pre-revolucionaria” en Italia; planteaban que había una “crisis permanente en las alturas” que impedía a la clase dominante ejercer su dominio; decían que esto colocaba al país al borde de la parálisis e impulsaba al levantamiento de las masas trabajadoras. Pero estos grupos no advertían que por detrás del escenario de caídas de gobiernos, crisis ministeriales y elecciones recurrentes, el dominio burgués continuaba imperturbable. Incluso en la década de los ochenta Italia alcanzó a ser la quinta potencia del mundo, superando a Inglaterra. Además, en esa década y en la siguiente el capital logró avanzar sobre las condiciones de salario y trabajo de la clase obrera (desindexando los salarios, restringiendo el derecho de huelga, etcétera). En todo esto la clase dominante tenía coincidencias estratégicas, por encima de sus “crisis en las alturas”.

Damos otro caso, esta vez referido a la relación entre Argentina y Estados Unidos. A raíz del caso del escándalo por la valija de Antonini Wilson, y la investigación abierta en Miami, las tensiones entre el gobierno argentino y Washington recientemente se pusieron al rojo vivo. Incluso el Parlamento argentino se dio un cierto aire “antiimperialista”. Tomando algunas tapas de diarios, podía pensarse que la fractura era prácticamente irreparable; los partidarios izquierdistas del gobierno estaban exultantes por el empuje antiimperialista de los Kirchner. Pero un análisis medianamente serio de la cuestión debía advertir que este ruido de superficie tenía sus límites, porque por debajo seguían vigentes intereses económicos y estratégicos comunes entre los gobiernos y las clases capitalistas de Argentina y Estados Unidos. No es de extrañar entonces que, discretamente, se encauzara el conflicto.

Por supuesto, con frecuencia cometemos errores de apreciación. A veces no advertimos tal o cual elemento del conflicto; o nos equivocamos en el peso que pueda tener tal otro factor, etcétera. El método que proponemos no es una receta que garantice el análisis correcto. Pero sí es un camino que nos acerca mucho más a una correcta evaluación de la realidad, que lo que propone la OPHGR. Además, el estar atentos a los datos objetivos, permite tener mayor flexibilidad para corregir errores. También es una forma de evitar la repetición dogmática de análisis.

Ubicación de la pequeña burguesía

Hasta ahora pusimos el énfasis en la relación entre el capital y el trabajo. Sin embargo el análisis no es completo si no incluye la actitud política de las amplias capas de la pequeña burguesía, o las llamadas “clases medias”. Este sectorejerce una influencia considerable en el balance de fuerzas. Por eso, si la clase trabajadora no gana aliados en la pequeña burguesía, o si no neutraliza a sectores importantes de esta clase, tendrá demasiadas dificultades para imponerse al capital. Además, en las condiciones “normales” del capitalismo, las clases medias ejercen una fuerza estabilizadora de fondo en el sistema. Asimismo, tienen una indudable influencia ideológica y política. Los “estados de opinión” de estos sectores actúan como correas de transmisión de la ideología de la clase dominante.

A pesar de su importancia, con frecuencia este aspecto de la cuestión es pasado por alto por los defensores de la OPHGR. Peor aún, en muchos otros casos sólo tienen en cuenta las actitudes de las capas medias que consideran “positivas”. Por ejemplo, durante el auge de los cortes de rutas y puentes por los movimientos piqueteros, defensores de la OPHGR destacaban la bronca de las clases medias contra los políticos, la corrupción, etcétera. Pero no tomaban en consideración cómo paulatinamente también iba creciendo el rechazo a los cortes; y cómo la marea de la “opinión pública” se volvía en contra de los piqueteros. Por esta razón muchos despreciaron la necesidad de establecer puentes de alianza táctica con los sectores medios.

Las tensiones y divisiones en la burguesía

Del énfasis que ponemos en la evaluación de los “trazos gruesos” de la situación no debería deducirse que hay que despreciar el estudio de las divisiones y contradicciones en el seno de la clase dominante (o entre ésta y sectores de las clases medias). Por el contrario, una vez que se ha establecido cuál es la correlación de fuerzas esencial, el análisis de esas contradicciones y tensiones pasa a ser muy importante para decidir políticas de alianzas o unidades de acción concretas. Lo explicamos con un ejemplo. Quienes defendemos la táctica de la  LSRAF proponemos, en la coyuntura actual, una política cuidadosa, que ya hemos explicado en otros textos. Esta política incluye la posibilidad, y necesidad, de realizar alianzas y unidades de acción. Y aquí juegan entonces su rol las divisiones y tensiones “en las alturas”, que pueden, y deben, ser utilizadas por la clase trabajadora y la izquierda sindical. Por ejemplo, la fuerza de Carrió puede coincidir en lo esencial con el programa económico y social en curso. Pero esto no significa que avale todo lo que hace el gobierno. En consecuencia los trabajadores pueden encontrar apoyo circunstancial por parte de esa fuerza política a la hora de enfrentar, por ejemplo, un ataque represivo. Ejemplos de este tipo pueden multiplicarse.

Este análisis procede en sentido inverso al que aplican muchos defensores de la OPHGR. Estos sectores actúan como si todas las fracciones burguesas, pequeño-burguesas, burocráticas y obrero-reformistas constituyeran una especie de “frente contrarrevolucionario” homogéneo, al que la clase trabajadora, dirigida por la izquierda revolucionaria, debería enfrentar en bloque en todas sus luchas. Presentamos un ejemplo: bajo el gobierno de Menem, un dirigente sindical de izquierda, Panario, estaba preso y enfrentaba un juicio. Frente a esto, algunos planteamos la necesidad de establecer la más amplia unidad de acción, que debía incluir a todos los que estuvieran de acuerdo en un único punto: “Libertad a Panario”. Entendíamos que no todas las corrientes burguesas o burocráticas avalaban el proceso que se llevaba contra Panario. La postura opuesta sostenía que esta táctica de unidad de acción era equivocada porque todos los partidos de la burguesía y la clase media –y sus fracciones– conformaban una masa reaccionaria, “soldada” al programa represivo. Por esa razón se negaron a pedir la solidaridad de la Juventud Radical y fuerzas similares.

Si bien este caso fue extremo, el método y la perspectiva que lo sustentaban siguen vigentes en muchas luchas. Actualmente, si en una huelga dirigida por la “izquierda ultra-revolucionaria” alguien propone, por ejemplo, conseguir el apoyo de la Iglesia, la dirigencia de la CGT o el partido Radical, lo más probable es que encuentre un rechazo cerrado (y hasta puede ser acusado de “traidor” o “claudicante”). El argumento siempre es el mismo: todos son enemigos, todos forman parte de un frente contrarrevolucionario… a excepción de la izquierda “ultra-revolucionaria”. Remarcamos, además, la incoherencia entre este planteo y la tesis de la “crisis de las alturas”, que nunca deja de defenderse.

Análisis objetivo de la situación económica

El análisis objetivo de la situación económica es otro pilar de cualquier análisis político serio, y esencial para la estrategia sindical de izquierda. No es lo mismo, por ejemplo, luchar en un período de depresión económica, que en uno de recuperación. Un análisis correcto de la situación económica es importantísimo para calibrar el grado de enfrentamientos entre fracciones de la clase dominante; o para evaluar las posibilidades de arrancar concesiones a las patronales. Pero esto es lo que falla con llamativa frecuencia entre los partidarios de la OPHGR.

En este respecto, uno de los errores más frecuentes es minusvalorar las fases de acumulación y crecimiento del capitalismo. Entre los argumentos preferidos de los defensores de la OPHGR está el que dice que todo crecimiento del capitalismo es “especulativo” y “ficticio”; y que está “sostenido por el endeudamiento”. Con esto quieren transmitir la idea de que el régimen burgués tiene “pies de barro”, y que bastaría un empujón para que todo se derrumbe. Otro argumento –una variante del anterior– sostiene que “en el fondo” la crisis sigue latente; y que nunca se ha superado porque es “crónica”. Cuando finalmente la crisis estalla, se proclama triunfalmente “teníamos razón”. De esta manera las crisis, depresiones, recuperaciones, auges económicos, pasan a ser lo mismo “en el fondo”. Nadie distingue nada en esta noche en la que “todos los gatos son pardos”. Pero el que no distingue, no analiza ni comprende. Sólo repite mecánicamente sus verdades eternas y abstractas.

No toda crisis genera ascenso revolucionario

 

Por otra parte, quienes postulamos la estrategia de la LSRAF sostenemos que es equivocado pensar que las crisis económicas, o las penurias de las masas, generan inevitablemente el alza del movimiento popular y el giro a la izquierda de los trabajadores. Esta es una idea muy difundida entre los defensores de la OPHGR. Pero la experiencia histórica demuestra que esto no es así. Por ejemplo, la depresión económica de 2001 y 2002 en Argentina fue respondida con bajísimos índices (relativos a los promedios históricos) de huelgas y luchas gremiales. De la misma manera, grandes depresiones en el centro capitalista, como fue la crisis de 1929 en Estados Unidos, no generaron ningún cuestionamiento importante al sistema.

Asimismo, no toda penuria genera una conciencia de izquierda o socialista. Por ejemplo, cuando comenzaba la restauración del capitalismo en la URSS y el Este de Europa, muchos izquierdistas se consolaban diciendo “apenas los trabajadores experimenten en carne propia los males del sistema, se volcarán al socialismo”. Pasaron casi dos décadas desde este pronóstico, las penalidades en esos países fueron gigantescas, pero no se produjo ningún giro de las masas a la izquierda. Algo similar puede decirse de lo que sucedió en Argentina; en las elecciones de 2003 no hubo ningún giro a la izquierda, a pesar de la miseria que había provocado la crisis.

Por supuesto, tampoco las crisis políticas por sí mismas generan corrimientos a la izquierda. Luego de muchas crisis políticas en Argentina, la izquierda sigue teniendo la misma cantidad de votos que hace un cuarto de siglo. Más aún, hubo crisis políticas, o económicas, que generaron salidas a la derecha. Por ejemplo, el triunfo de la reacción neoliberal de los 1990s tuvo mucho que ver con la crisis de la hiperinflación, y la crisis política que la acompañó –saqueos, caída de Alfonsín. Ante la quiebra de la moneda –el mercado no podía funcionar– la sociedad de conjunto terminó pidiendo “orden”. Un “orden” que le proporcionó la Convertibilidad y el programa del menemismo.

Estas cuestiones no pueden ser registradas en los análisis de la OPHGR. En esta visión no se advierte la capacidad del régimen democrático-capitalista para quemar “fusibles” y absorber conflictos por medio del desgaste, las promesas, las medias concesiones, y la regeneración de ilusiones en los políticos. Factores que se combinan, por supuesto, con la represión; pero debe entenderse que la represión nunca actúa sola. Es imposible darse una táctica sindical correcta sin tomar en cuenta todos estos factores.

No toda movilización genera conciencia revolucionaria

También es un error frecuente, que repiten casi invariablemente los defensores de la OPHGR, pensar que toda lucha genera más o menos automáticamente una conciencia “socialista” o revolucionaria. Se cree que si los trabajadores pelean por aumentos salariales de manera consecuente, por ejemplo, en algún punto, llevados por su movilización, se darán cuenta de que el problema de fondo es el sistema capitalista. Su propia experiencia, dicen muchos defensores de la OPHGR, los llevará a esta conclusión. Lo importante, entonces, es que la gente luche, porque eso los llevará a conclusiones cada vez más radicales. Pero la realidad desmiente esta tesis. Puede haber muchas luchas por aumentos salariales, por ejemplo, y no por ello los trabajadores sacarán necesariamente la conclusión de que el capital explota al trabajo. Muchos trabajadores que en 2001 y 2002 se movilizaron para recuperar empresas abandonadas por sus patrones, y ponerlas en marcha, hoy confían en Kirchner y el partido Justicialista. No basta con luchar para que se genere una conciencia contraria al capitalismo, o se elabore un programa socialista. Las luchas generan condiciones para que esto suceda; pero a todas luces se ve que no es suficiente con las condiciones.

Presentamos otro ejemplo, esta vez referido a los sectores medios. Cuando se produjo la crisis bancaria de 2001-2002, algunos pensaron que las clases medias y los ahorristas harían una “experiencia definitiva” con el sistema capitalista, y se inclinarían a la izquierda. La crisis política era de proporciones, el sistema bancario estaba en crisis, los ahorristas se movilizaban y pedían algo que el sistema no les podía dar. ¿Cómo no iban a terminar cuestionando al capitalismo? Pero la realidad fue que los ahorristas adoptaron como líder a un actor-político burgués; y levantaron un programa de “seguridad y defensa de la propiedad privada”. En definitiva, el movimiento se canalizó y  se diluyó en las redes del sistema.

Por supuesto, estos problemas nos introducen en el terreno de si es necesaria una organización política para difundir las ideas del socialismo; un tema que excede los límites que nos hemos impuesto en este escrito. Sin embargo es importante tener presente que una de las consecuencias de pensar que la lucha, por sí misma, genera conciencia socialista, es creer que lo importante es luchar, aunque no se consigan resultados en términos de reivindicaciones concretas para los trabajadores. Esta cuestión subyace en las tácticas de partidarios de la OPHGR. Es que piensan que la lucha, en sí misma, es virtuosa. Por eso acusan de traidor al que no quiere luchar. Por eso también no se preocupan por abrir en algún punto de un conflicto una negociación. Cuando más se lucha –es su razonamiento– habrá mayor impulso para la generación de una conciencia socialista. Una consecuencia de esta forma de razonar es que puede generar desconfianza en los trabajadores, porque estos a veces sienten que se los está impulsando a conflictos sin salida. Lo cual en ocasiones ha dado pie a que la burocracia sindical, o sectores del peronismo, recuperen terrenos que habían perdido (¿acaso no ha sucedido algo así en algunas empresas recuperadas?).

Enfrentamiento contra “fusibles” y contra el Estado

De lo que hemos afirmado hasta aquí se desprende que, según la concepción que estamos defendiendo, es necesario distinguir entre lo que son enfrentamientos contra los “fusibles” del régimen político, y lo que es un cuestionamiento al Estado, como sistema. Por “fusibles” entendemos todas las instancias –gobiernos, parlamentarios, jueces– que son reemplazables sin que se altere en lo sustancial el dominio del Estado, y su rol de custodio de la propiedad privada del capital, y de sus intereses. Sólo cuando la clase trabajadora cuestiona al Estado como sistema estamos en presencia de un movimiento con programa revolucionario.

Esta perspectiva no es compartida por los defensores de la OPHGR. Es que en esta visión, todo enfrentamiento contra el gobierno (a cualquier nivel, nacional o provincial) o contra cualquier otra instancia del Estado es, en sí mismo, revolucionario. Tal vez la expresión más alta de esta concepción la vimos cuando se dijo que la consigna de 2001-2002 “que se vayan todos” era revolucionaria. Pero la consigna sólo exigía un cambio del personal dirigente del Estado. Esto porque la mayoría de los que agitaban esa consigna pensaban que el problema central de Argentina era la corrupción de los malos gobernantes. No cuestionaban el sistema. Sin embargo los defensores de la OPHGR consideraron que el que “se vayan todos” llevaba a la crisis al sistema capitalista, y abría el camino de la revolución. Lo cual, por supuesto, no sucedió. El Estado capitalista se readecuó a las circunstancias; se hicieron algunas concesiones formales y mínimas; y en la realidad “se quedaron casi todos”.

En estas diferencias entre los partidarios de la OPHGR y la estrategia de la LSRAF que defendemos, subyacen diferentes concepciones sobre el Estado y su rol. En nuestra concepción el Estado capitalista no puede ser transformado en su naturaleza cambiando personajes; o haciendo renunciar muchos gobiernos, nacionales o provinciales.

Una consecuencia de no entender esta naturaleza del Estado capitalista es que constantemente se incita a la clase trabajadora a salir a la lucha por cambiar los “fusibles” estatales. Pero cuando los partidarios de la OPHGR tienen éxito en este objetivo, el Estado cambia los correspondientes fusibles; entonces las ilusiones populares se realimentan (“ahora las cosas van a cambiar”), y al poco tiempo todo sigue más o menos igual que antes. Con la diferencia que se suman decepciones a las luchas obreras y populares.

Esta concepción de la OPHGR con respecto a los gobiernos y el Estado, a su vez, está en la base de su incitación permanente a que los sectores avanzados de la clase obrera se lancen a la lucha contra el gobierno de turno. Esto se considera vital, porque se piensa que en la medida en que se derriben gobiernos, se acercará la hora de la revolución (habría una especie de cercamiento del Estado y de la burguesía, que cada vez se quedarían con menos opciones). Ya hemos explicado que múltiples experiencias, en Argentina y en otros países, desmienten esta visión exitista y febril. Pero además, otra consecuencia peligrosa que se desprende de esto es que se orienta a muchos sectores de trabajadores a emprenderla contra el gobierno a cualquier costo. Por eso muchas veces se intenta que un simple conflicto por aumento de salario, o alguna otra reivindicación elemental en una empresa o sector, derive en una lucha contra el gobierno. Desde la OPHGR siempre se exige a los dirigentes sindicales de izquierda que impulsen los conflictos en este sentido. Pero esta estrategia es inútil, desde el momento que no acerca un ápice el momento de la revolución (y más bien sucede todo lo contrario). Y es altamente peligrosa, porque acelera inútilmente la dinámica de enfrentamientos.

La burguesía puede dominar sin que haya apoyo activo

Otra idea que ha hecho mucho daño es pensar que la burguesía necesita, para ejercer su dominio, del apoyo activo y la adhesión de los trabajadores y las masas populares a algún proyecto estratégico de país. Cuando esta adhesión no existe, algunos partidarios de la OPHGR hablan de “crisis de hegemonía”, o también de “crisis orgánica”.

Pero la realidad es que la clase dominante domina la mayor parte de las veces sin que las masas trabajadoras adhieran o se entusiasmen con algún proyecto o programa burgués. Lo más frecuente es que haya alguna expectativa en las elecciones. Y que pasado un tiempo de asumido el nuevo gobierno, las cosas vuelvan a su “curso”: apatía, descreimiento, esperanzas vagas. Por eso una abstención masiva en las elecciones no necesariamente debe asociarse a una “crisis en el sistema de dominación”. En muchos países capitalistas, donde el voto no es obligatorio, hay bajísimos niveles de participación política, y esto no significa ninguna amenaza seria para el sistema capitalista. Ni tampoco tiene por qué ser índice de radicalización a la izquierda. Todo esto es importante porque también hemos visto análisis “súper-optimistas” de aquellos que evaluando las elecciones en Argentina, hacen cuentas del tipo “30% de gente que no fue a votar + 5% entre votos en blanco y anulados + 5% de izquierda = 40% que están en contra del sistema”.

De nuevo, se trata de expresiones de deseos. Nada autoriza a mantener estos análisis con alguna seriedad.

Tener en cuenta la conciencia real de la clase trabajadora

De lo que venimos planteando se desprende la importancia de tener en cuenta la conciencia real y actual de la clase trabajadora; no la conciencia que nos gustaría que hubiera; ni la conciencia que, según algún análisis, la clase obrera “debería tener” a partir de sus “intereses objetivos”, antagónicos a los del capital.

Pero ¿cómo se puede medir esta conciencia? ¿En qué se manifiesta?

De nuevo, en esto hay que tomar los elementos objetivos de que disponemos. Por ejemplo, las elecciones son un índice. Se puede argumentar, por supuesto, que la propaganda burguesa es muy fuerte; que la gente está “alienada”; que los medios ningunean a la izquierda; que los votantes no conocen las propuestas y a los candidatos revolucionarios, etcétera. Todo esto tiene su cuota de verdad. Sin embargo, cuando de conjunto los partidos de la izquierda no alcanzan el cinco por ciento de los votos, hay que admitir que eso es revelador de un estado de conciencia.

Otro dato objetivo que debería entrar en el análisis son las votaciones en los sindicatos; es cierto que hay fraudes, presiones, matones. Pero por encima de todo esto, una y otra vez los burócratas consiguen el consentimiento de los trabajadores. Por ejemplo, si en el gremio de camioneros la izquierda tuviera posibilidades de formar una lista propia, ¿alguien duda de que por ahora (año 2008) ganara Moyano? Consideraciones similares pueden hacerse sobre muchos otros gremios. Si De Gennaro triunfa en ATE ¿es debido a que hay fraude, o a que la gente lo vota?

Por supuesto, también es un índice del nivel de concientización de los trabajadores la concurrencia a actos partidarios; la participación en organizaciones de izquierda; el nivel de activismo sindical combativo; la circulación y lectura de prensa y literatura. Los que defendemos la línea de la LSRAF tenemos en cuenta estos elementos para diagnosticar que, por ahora, los trabajadores no están dispuestos a sumarse a una lucha revolucionaria por acabar el sistema capitalista.

Los partidarios de la OPHGR, en cambio, tienden a minusvalorar estos datos objetivos. Apenas terminan las elecciones, por ejemplo, es común que el “pronóstico-consuelo” sea: “en cuanto hagan la experiencia con el nuevo gobierno, los trabajadores se van a rebelar…” y vuelve la misma cantinela. En otros casos los análisis se aferran a hechos anecdóticos, que son magnificados y sacados por fuera de toda proporción. Presento un caso que sucedió hace ya años, que es entre divertido y patético. Ocurrió hacia el final del gobierno de Alfonsín, cuando había cortes de luz. Un día una señora, indignada porque un supermercado tenía encendidas muchas luces, la emprendió a martillazos contra la vidriera. Fue detenida y los medios se hicieron eco del asunto. Un analista político de izquierda explicó entonces que esa buena señora era la emergente de una situación revolucionaria en la conciencia de las masas trabajadoras.

Citamos este caso no para ensañarnos con aquel analista, sino para mostrar un punto muy alto (casi ridículo) de un método de análisis que es frecuente. El error de aquel teórico fue atribuir al conjunto de la clase obrera un nivel de conciencia determinado, a partir de un hecho anecdótico y circunstancial.

Los análisis deben hacerse para entender el presente y sus tendencias

Señalamos por último que, en opinión de quienes defendemos la política de la  LSRAF, los análisis deben intentar comprender el presente; y que no tiene sentido –ni es necesario– dedicarse a adivinar el curso futuro de la evolución de la economía capitalista o de la lucha de clases. Los partidarios de la OPHGR, por el contrario, ponen mucho empeño en predecir lo que “inevitablemente” va a suceder. Consideran que esto es esencial porque piensan que los revolucionarios deben agitar hoy las consignas que serán adecuadas cuando ocurran las crisis futuras. A esto se le llama “estar preparados”. Por ejemplo, aun en el caso que se admita que hoy no hay una crisis política, se considera que es necesario agitar consignas que preparen a las masas trabajadoras para intervenir en la crisis futura que, se sostiene, sucederá indefectiblemente. La idea es que, llegada esa crisis, los trabajadores reconocerán a quienes han pronosticado las cosas correctamente, y dijeron en el pasado lo que había que hacer en el futuro. Obsérvese que esto requiere que se cumplan tres supuestos: a) que sea posible predecir el futuro; b) que la agitación de consignas “a futuro” sirva para hacer política en el presente; c) y que llegado el futuro las masas reconozcan a quienes adelantaron lo que iba a suceder, y cómo debía encararse.

Ilustremos esta lógica con un ejemplo. Hacia el tercer trimestre de 2002 hubo signos claros de que la economía argentina se estaba recuperando, y que la situación política se normalizaba. Además, la clase trabajadora no había ofrecido resistencia a la baja de salarios que había generado la devaluación del peso, y la desocupación continuaba haciendo estragos. En esa coyuntura planteamos que era necesaria una táctica defensiva y cuidadosa, como línea general (siempre puede haber excepciones) que apuntara a recomponer las fuerzas del trabajo, en una perspectiva de resistencia. Los partidarios de la OPHGR, por el contrario, no prestaron atención a los datos de la recuperación y la normalización política, y caracterizaron la situación como de un mero “reflujo” en la ofensiva revolucionaria. Esto porque sostenían que “inevitablemente” se produciría a corto plazo una nueva crisis política, que una nueva caída de la economía estaba a la vuelta de la esquina, y que esto generaría, también “inevitablemente”, un nuevo “Argentinazo”. De manera que había que darse política para esos acontecimientos, que habían pronosticado a futuro. Su política no se adaptaba a la situación real existente en 2002, sino a lo que ellos creían que sucedería en un futuro, más o menos cercano. Por eso llamaban a “preparar el nuevo Argentinazo”. En nuestra opinión, el resultado de todo esto fue que no hubo política adaptada a lo que se necesitaba en la coyuntura de aquel momento. Incluso cuando se abrió la posibilidad de empezar a reconquistar terreno en salarios y condiciones de trabajo, la consigna de “preparar el próximo argentinazo” era equivocada. Y como esta metodología no se corrigió, la formulación de la política por parte de la OPHGR sigue, hasta el día de hoy, adoleciendo de este grave problema.  A cada paso escuchamos como argumento en defensa de consignas “utra-revolucionarias” la idea de que “hay que prepararse para el futuro estallido de la crisis”.

Quienes defendemos la estrategia de la LSRAF discrepamos con esta visión.

En primer lugar, porque no es posible predecir el futuro. Lo que puede hacer el análisis social es entender cuáles son las tendencias que están operando hoy, y en base a eso hacer algunas proyecciones. Pero es imposible predecir cuál va a ser el curso futuro de los acontecimientos. Esto se debe a que la sociedad no funciona como un sistema mecánico. En la definición de cada coyuntura intervienen muchísimas variables; y además, el curso futuro de los acontecimientos depende de la reacción y de la interacción entre las clases sociales y sus fracciones, organizaciones políticas y dirigentes, que no están prefijadas. Por ejemplo, en base a las tendencias actuantes en el sistema capitalista, el análisis puede decir que en el futuro ocurrirán nuevas crisis económicas. Pero no puede predecir en qué fecha se va a producir la próxima crisis, ni cuánto va a bajar el producto y la inversión, o cuánto va a aumentar la desocupación. Menos todavía se puede predecir cómo reaccionará la clase trabajadora ante esa futura crisis, o qué contradicciones aparecerán en el seno de la clase dominante, etcétera.

Lo mismo sucede con los acontecimientos políticos. En determinado momento se pueden analizar ciertos conflictos y prever algunos cursos de evolución, pero siempre en base a lo que está sucediendo hoy. Jamás debería perderse de vista que estamos estudiando la sociedad, donde actúan seres humanos que aprenden de las experiencias pasadas, y son capaces de modificar sus comportamientos. Damos un ejemplo sobre esta cuestión, también tomado de la historia de las luchas políticas en Argentina.

Como es sabido, durante muchos años la clase capitalista estuvo profundamente dividida en torno a qué actitud tomar con Perón. Y después de 1955 se impuso la línea de no permitirle el regreso a Argentina. En vista de esta situación, un partido de izquierda predijo que Perón nunca podría ser asimilado por la clase dominante, y que en consecuencia la lucha por su regreso al país llevaría, inevitablemente, a la lucha por el socialismo. Esto es, la clase trabajadora, movilizada por la vuelta de Perón, desembocaría en el cuestionamiento del Estado y la insurrección.

En este análisis existía entonces un pronóstico rígido de lo que sucedería en Argentina a futuro. Se asimilaba la política al mecanismo de una máquina: una vez puesto a funcionar el enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas, el mismo se reproduciría de manera prefijada, como si estuviera escrito en un libro del futuro. A partir de aquí ese partido no pudo interpretar lo que estaba sucediendo en Argentina entre 1971 y 1972. La dictadura militar negociaba con Perón un “Gran Acuerdo Nacional”, y Perón volvió al país con todos los honores.

Naturalmente, afirmar que no se puede prever el futuro no equivale a decir que no se pueden prever las tendencias del sistema capitalista. Por ejemplo, se puede afirmar que en un plazo mediano seguirá operando el impulso a la concentración de los capitales, y a la extensión internacional de la economía capitalista, a pesar de algunos vaivenes. Pero esto es posible preverlo porque se trata de tendencias que están actuando hoy. Estas tendencias se manifiestan y pueden estudiarse; aunque a veces sea difícil detectarlas.

Pero además, es inútil hacer política hoy, agitando consignas para el futuro. En este respecto los partidarios de la OPHGR tienen una concepción equivocada, porque piensan que si hoy agitan una consigna que dé respuesta por anticipado a la crisis que predicen, llegada la crisis los trabajadores recordarán quién había previsto las cosas; y adherirán a esos partidos políticos u organizaciones sindicales que supieron “ver” a futuro. Pero las cosas no suceden así. Los trabajadores prestan atención a quienes dan respuestas a los problemas que enfrentan hoy. Y llegado el momento, si cambia la situación, será necesario hacer un nuevo análisis y determinar la estrategia y la táctica correspondientes.

Conclusión

A lo largo de este escrito –que se complementa con otros que tratan cuestiones de táctica sindical de izquierda– hemos presentado algunos de los problemas que subyacen en las diferencias entre la estrategia de la OPHGR y la LSRAF. Estamos en presencia de dos lógicas opuestas de abordar la realidad. Por supuesto, siempre hay detalles o aspectos en los cuales un defensor de la OPHGR puede no verse reconocido. Pero el trazo grueso del razonamiento es ése, indudablemente. Emerge una y otra vez en cada coyuntura.

En la base de estas diferencias hay una cuestión a la que ya hemos hecho referencia en varios pasajes: la necesidad de realizar análisis sustentados en datos empíricos y reales. No hay ciencia si esto no se tiene en cuenta o se desprecia. Hay que evitar marearse con ensoñaciones, con relatos exaltados. No se trata de poner un “inflador” para dar falsos ánimos a la militancia (“estamos cerca de la revolución, por lo tanto sigamos militando a fondo”, etcétera), sino de proporcionar un cuadro realista de la situación. Olvidarse de estas cuestiones elementales ya ha costado demasiado en términos de vidas militantes, desmoralización de compañeros y procesos que se apuran y “abortan” por impaciencias revolucionarias.